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Madrid

Homenaje al maestro

Al reformar este piso madrileño situado en las emblemáticas Torres Blancas, el arquitecto Héctor Ruiz-Velázquez ha mantenido el sello orgánico del gran Sáenz de Oíza recurriendo a elementos curvos que actúan como hábiles y sugerentes distribuidores del espacio.

Nuevo Estilo 13/10/2014
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A finales de los años 60, el arquitecto Javier Sáenz de Oíza construía en Madrid un edificio de 71 m de altura, de sinuosas formas orgánicas y propuestas racionalistas, con el que pretendía romper el paisaje gris de la ciudad. El experimento Torres Blancas, con su conjunto de plataformas circulares que van creciendo como si fueran un árbol, se convirtió de forma inmediata no solo en icono urbano sino en una obra maestra de la arquitectura contemporánea española. En una de sus últimas plantas se encuentra este piso de 91 m2, resultante de una fallida subdivisión posterior de la vivienda original, de 400 m2, que la fragmentó en ambientes inconexos, carentes de la emoción volcada por Oíza, que desaprovechaban el potencial del espacio primigenio. El reto era recuperar la esencia envolvente de la casa y nadie mejor para ello que otro arquitecto que hace también de las formas inspiradas en la naturaleza la base de su trabajo: Héctor Ruiz-Velázquez.

La curva es el nexo que une atemporalmente a ambos maestros: «Es un elemento muy presente en mi obra –comenta Héctor–, me ayuda a modelar espacios que no pueden seccionarse en ángulos de 90º». En este proyecto, Ruiz-Velázquez derriba la división octogonal que se encuentra –afrontando obstáculos como la disposición de los muros estructurales o que la vivienda no tuviera más que dos ventanales al exterior– y recurre a una pared curva central como elemento divisorio y vertebrador del nuevo espacio, aprovechado al máximo para acoger un amplio salón-comedor, una cocina, dos cuartos de baño y tres dormitorios. Este panel refleja el contorno ondulante exterior y se adapta a la planta circular de la casa, estableciendo una perfecta simbiosis entre la estructura del edificio y el interior. La naturaleza está presente también en los materiales: la madera de roble que reviste la pared central como si fuera el interior de un fruto, la cerámica naranja que se extiende por el pavimento como un manto otoñal... El resultado es una obra en sí misma armónica, equilibrada, sensitiva, orgánica... y feliz.



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