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Ferran Adrià

El mejor cocinero del mundo. Así lo han definido otros maestros y la crítica especializada. Nos vimos en El Bulli Taller, el laboratorio donde ha hecho de la cocina un arte que reinventa cada día con altas dosis de creatividad. La vanguardia y sofisticación del paladar. Ése es Ferran Adrià.

Nuevo Estilo 28/06/2013
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Un tipo normal. Ésta es la consideración que Ferran Adrià tiene de sí mismo y uno podría pensar que así es cuando le conoce. Más que normal, sencillo, un chico de barrio al que en ningún momento se le ha subido a la cabeza su rotundo éxito profesional y a quien no le gustan los lujos superfluos. «El lujo es lo que a cada uno le apetece», comenta convencido. Pero conforme pasa el tiempo y va desgranando su discurso, eso sí, de forma rápida y atropellada, tienes la impresión que estás delante de un auténtico genio. Te mira con ojos brillantes, expresivos, buscando la complicidad en el argumento, «¿me entiendes?», como si le fuera la vida en que llegues a comprender sus ideas sobre la maestría gastronómica.
 Considerado como el mejor cocinero del mundo, su trabajo ha sido ensalzado sin recato por la prensa, incluida la selecta francesa, cuna de la nouvelle cuisine. Con su figura copando las portadas de los medios más prestigiosos del mundo –Time, The New York Times...– y alabado también sin ambages por otros grandes maestros de la restauración, Adrià hace realidad su máxima según la cual la gastronomía es un arte que implica a los cinco sentidos. Y todo su arte lo aplica cada noche durante seis meses al año en su templo de cala Montjoi, El Bulli, ante únicamente 50 devotos de un total de 8.500 privilegiados anuales. Privilegiados que han logrado abrirse paso entre las 800.000 solicitudes que aspiran a conseguir mesa en este santuario de la alta cocina. Luego vienen seis meses de creación. El Bulli se cierra y nuestro protagonista se dedica a dos cosas: viajar para abrir su mente y dar de comer al intelecto, y trabajar en su taller de Barcelona, donde el genio crea los platos de la siguiente temporada.
 Este taller es un lugar muy especial. Buscaba Ferran Adrià un local en Barcelona donde instalar su centro de creación cuando de pronto lo vio. Era un piso en un palacete gótico de la calle Portaferrissa, en el barrio de Ciutat Vella. Le acompañaba su amigo y maestro Juan Mari Arzak, y juntos subieron a verlo: «Me enamoré de la casa inmediatamente y supe allí mismo que estaba destinada a ser mi taller». Aquel palacete se ha convertido en el laboratorio en el que Adrià y todo su equipo trabajan y experimentan con nuevas texturas y técnicas revolucionarias, que aplican a productos fundamentalmente de temporada, inventando extrañas combinaciones con un solo límite: disfrutar al máximo. Este «taller-casa», como Adrià lo llama, con más apariencia de piso de diseño que de cocina, refleja toda su filosofía. La arquitecta Claudia Schneider planificó cada espacio inspirándose en el arquitecto mexicano Luis Barragán, lo dotó de grandes aberturas y puertas de más de cinco metros, lo vistió con manchas de color y lo coronó con un altillo que une desde arriba todos los volúmenes. El diseñador Joan Lao creó y distribuyó el mobiliario, de líneas puras y materiales nobles. En la planta alta esconde Ferran su pequeño paraíso privado.
 Adrià quería estudiar económicas y acabó de cocinero, como muchas cosas en la vida, por casualidad. A los 17 años quería irse a Ibiza de vacaciones y no tenía dinero. Así que entró de friegaplatos en un pequeño hotel de Castelldefels. Y luego, poco a poco, hasta llegar a El Bulli, asociarse con Juli Soler y, como dos locos, hacer lo que nunca debería hacerse en un negocio, lo que te da la gana: «No queríamos que El Bulli fuera nuestra empresa, queríamos que fuese nuestra vida». Así es Ferran Adrià, rebelde, hiperactivo, dueño y señor del arte del paladar, de la cocina como expresión de la inteligencia y la creatividad.



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