desplegar menu NuevoEstilo
Buscador
mostrar/ocultar

Nuevas intenciones en la vivienda proyectada por Jaime Benavides

Salvando restos de un viejo caserón abandonado a las afueras de Madrid, Jaime Benavides ha proyectado una vivienda de arquitectura limpia y austera. Mandan las líneas puras, los materiales nobles y las texturas sobrias.

Nuevo Estilo 21/08/2013
Imprimir
Pantalla completa



Los dueños de la vivienda descubrieron en el municipio madrileño de El Pardo un viejo caserón de los cincuenta abandonado entre pinos y cedros. Su aspecto no les amedrentó y, previendo las posibilidades de la construcción, llamaron a un amigo arquitecto, Jaime Benavides, para que confirmara sus expectativas. Y así fue. La elevación del terreno —un metro y medio por encima del resto de parcelas— le pareció todo un regalo. Sin embargo, el edificio gozaba de una orientación y distribución pésimas, por lo que hubo que demolerlo casi por completo. Los únicos elementos que quedaron en pie fueron los muros maestros y el vaso de la piscina, de proporciones perfectas. «Queríamos conservar el alma del lugar», apunta Benavides, que contó con la participación en el proyecto del constructor Luis López Martín y la paisajista María Benavides.

Poco a poco fue alzándose la casa como una gran mole mineral con sus enfoscados gris malva que se tornan magentas al atardecer. ¿Los materiales? Pocos y nobles: cemento, granito, cobre, madera. Toda una búsqueda de la arquitectura limpia y austera, con un marcado carácter masculino determinado por la sobriedad de unos acabados de sofisticada tosquedad: gresites verde oliva, empedrados, superficies sin pintar ni pulir...

En cuanto a la distribución, está pensada con un único objetivo: ver sin ser visto, fundir las percepciones de interior y exterior para introducir el paisaje en las habitaciones. Así, las fachadas están salpicadas de miradores y las cubiertas planas de losa vista de hormigón se ajardinaron con la intención de que, observada desde las estancias más altas, la verde pradera se multiplique en varios niveles de altura alrededor del cubo original.

La vivienda está organizada en dos plantas coronadas por un estudio-mirador semiescondido desde el que se domina toda la parcela y al que se accede a través de una escalera de cristal. La entrada puede hacerse desde cualquiera de las seis puertas que se abren entre el jardín y la planta baja. Una vez dentro, los tránsitos no se realizan sólo en horizontal, ya que todo paso o umbral nos conduce a un espacio distinto, cuya altura, anchura y vistas son diferentes. El hall divide la planta baja en dos áreas. En la norte se ubica el pabellón de la piscina, concebido como un porche cubierto con zona de estar y comedor. En el lado opuesto están la cocina, abierta al jardín, y el salón-comedor, que comunica con la biblioteca y un cuarto de estar.

Sin puertas que separen estos ambientes, la intimidad se preserva gracias a la posición estratégica de las paredes, que funcionan como velos. Subiendo al piso superior, en el ala este está el dormitorio principal, tipo suite, que dispone de cuarto de baño y de un amplio vestidor en el que se ha instalado una zona de lavabos junto a un mirador. En la parte opuesta se suceden otras tres habitaciones, una de ellas también con baño integrado.
El suelo de la casa es de madera de wengé al aceite, salvo en el hall, pavimentado con granito. Su color contrasta con el blanco del estuco casi invisible de las paredes. Todo, hasta los detalles más pequeños, como el alabastro de las duchas, explican esa intención mineral y tectónica que subyace en el proyecto.



Ver más articulos