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Barcelona

La vivienda de Benedetta Tagliabue

Es una de los grandes de la arquitectura española, responsable de proyectos en todo el mundo. En su vivienda del centro de Barcelona descubrimos el germen de muchas de las genialidades que han hecho famosa a esta milanesa de origen.

Beatriz Fabián Brihuega 21/08/2013
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Forma parte de la nómina de arquitectos altamente considerados dentro y fuera de nuestro país –responsable del Pabellón Español para la Exposición Universal de Shanghai 2010–, pero, sobre todo, Benedetta Tagliabue es una mujer con un gran sentido del humor. Lo irradia al contarnos detalles de su casa y de cómo la vive junto a sus dos hijos y las mascotas –la boxer Tina y el pájaro Pepe–, o de su manera de moverse por los 400 m2 de la vivienda siempre con un pequeño bolso de mano –es su fórmula para tener localizados en todo momento el móvil, las gafas de lectura, la agenda, bolígrafos...– y también cuando le pedimos que defina el espacio donde habita: «Es un work in progress, un proyecto de nunca acabar».

«La casa se desmoronaba, pero para mi marido, el arquitecto Enric Miralles –fallecido en el año 2000–, y para mí merecía la pena ya sólo por sus azulejos y las baldosas hidráulicas». Lo dice mientras cruza a grandes zancadas las estancias, con techos de seis metros de altura. Estamos en una casa del siglo XVIII, típica del Barrio Gótico de Barcelona, cuya discreta fachada en una calle estrecha no permite adivinar la grandeza que esconde. Casi todos los tabiques se han eliminado, conformando espacios generosos, en los que los vestigios de la distribución original se adivinan como en un juego: restos de muros de ladrillo, bellos frescos desconchados y una llamativa composición de patchwork, si reparamos en los materiales del suelo.

En las últimas décadas, el edificio había albergado en la primera planta un taller y un almacén de bolsos –lleno hasta las vigas del techo de estanterías de madera–, lo cual no representó un problema para imaginar el potencial que atesoraba. «Cuando la compramos, nos propusimos trabajar sin un plan determinado, probando lo que podría ser viable de acuerdo únicamente con nuestros gustos personales», recuerda Benedetta. Es más, el tándem de arquitectos consideró este enfoque como una pequeña e íntima rebelión contra las restricciones formales de su profesión.

«Proyectar nuestro hogar se convirtió en una especie de laboratorio y nos divertimos probando todo tipo de cosas diferentes que, luego, hemos utilizado en los encargos», recuerda la arquitecta, aún sorprendida por la espontaneidad que les inspiró entonces. Benedetta pone un ejemplo: «Nos gustó tanto la combinación cerámica-madera que decidimos utilizarla en varios trabajos». Huellas de este experimento doméstico las encontramos en dos celebrados hitos del estudio EMBT –el nombre obedece a las iniciales de sus fundadores–, como son el Ayuntamiento de Utrecht (Holanda) o en el multipremiado mercado cubierto de Santa Caterina, en Barcelona.

La última aportación de Benedetta a su casa ha sido la piscina cubierta. Pero, ¿es este el espacio que más disfruta? «Me siento bien en cualquier lugar –se detiene un instante para reflexionar, ríe y añade–, pero, qué duda cabe, mucho mejor allí donde en ese momento se encuentre mi bolso».

MUY PERSONAL
Un lugar en el mundo. Tíbet, porque nunca he estado y es un viaje que tengo pendiente.
Rincón preferido de la casa. Frente a la chimenea, tumbada cómodamente en el sofá.
Para leer, es básico... Hacerlo al lado de una ventana o junto a la lámpara Flamingo del arquitecto Álvaro Siza, que fabrica B.D. Barcelona Design.
El aroma para la casa. Me encanta el olor a romero.
Su material preferido. La madera y, también, los tejidos, por ejemplo, los de diseño sueco.
Pieza de adorno fetiche. Dos cerditos: uno es una mesita tailandesa con esa forma; y, el otro, un juguete de mis hijos.
¿Una canción de fondo? Últimamente escucho al compositor Giacinto Scelsi.
Un arquitecto. Hoy se me ocurre el ruso Konstantin Mélnikov.
Un paisaje domesticado. El Jardín de Bomarzo (Italia).
Para comer pide... Pasta, arroz... Y adoro el chocolate; a veces me doy verdaderos atracones.     



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